Depresión e infancia - Dexpresionismo

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Depresión e infancia


No fue hasta los años sesenta del pasado siglo que la depresión infantil comenzó a aceptarse como una enfermedad mental real, con una prevalencia real y unas consecuencias reales en niños y niñas de todo el mundo. Tuvimos que esperar hasta 1975, cuando el National Institute of Mental Health aceptó la depresión infantil como concepto y entidad psicopatológica. Desde entonces, numerosos estudios e investigaciones han puesto el foco en definir y aclarar cuáles son sus evidencias y qué podemos hacer para ayudar a resolverlas, sobre todo teniendo en cuenta que hablamos de edades fundamentales para el desarrollo de la persona.

Según datos de la Organización Mundial de la Salud, aproximadamente un 3% de la población infantil sufre depresión.

A la hora de diagnosticarla, los criterios son muy similares a los empleados en adultos, aunque con algunas diferencias.

Entre los criterios que encontramos, destacan que la duración del episodio depresivo debe ser al menos de dos semanas y nunca vinculado con el consumo de ninguna sustancia. Además, niños, niñas o adolescentes de los que se sospeche una depresión también deberán manifestar un estado de ánimo deprimido o irritable, pérdida de interés hacia el entorno, falta de energía, concentración, confianza y/o autoestima, ideas o intentos autolesivos, alteraciones del sueño y/o del peso y actividad psicomotriz agitada o inhibida.

Pero, ¿por qué ocurre?

Los factores que pueden incurrir en el desarrollo de la depresión infantil son numerosos, pero sobre todo parece influir en gran medida la existencia de una vulnerabilidad personal, familiar y del entorno.

Dentro de estos detonantes, el papel de la familia es fundamental, desde aquello que los hijos y las hijas ven en sus padres y madres, a las actitudes que les expresan. Por supuesto, también pueden darse otro tipo de desencadenantes externos al entorno familiar: desde un entorno escolar demasiado estricto a problemas de carácter físico o en las interacciones con compañeros de escuela, incluyéndose el acoso escolar.

Es por eso que resulta de vital importancia que tanto padres y madres, como su entorno y, por supuesto, el profesorado se mantenga muy atento de evidencias de una incipiente depresión infantil. Sin resultar invasivos, por supuesto, pero siempre recordando que replantearse tanto si está ocurriendo como el por qué (y, sobre todo, si tiene que ver con ellos), puede determinar el futuro desarrollo emocional e intelectual de su ser más querido.

Por eso, también es importante animar a los niños y niñas a ser #Dexpresionistas, esto es, no tener miedo a comunicar lo que sienten a través de su lado más creativo, para conocer mejor lo que sienten y, sobre todo, para ofrecerles, al igual que los adultos, una vía para liberar lo que necesitan expresar.